Buen jueves 27 de agosto 2015!!
Varios libros terminados y listos para el registro!!! están: el libro "Coplitas de mezcal" que es una investigación y colaboraciones de algunos amigos y amigas con ilustraciones de Florencio Zavala , los libros de poemas "Cantos del naufragio", "Evocando a Bécquer" y "De ángeles y pájaros" y... un libro de cuentos y relatos que todavía no bautizo... no está mal para los tres años que llevo jubilada tratando de aprender a vivir sin el reloj checador... Además son 16 cuadros listos para exposición!! eso me gusta!
Lo que no me gusta es haber perdido a algunas personas que fueron importantes para mí, entre otros a mi padre que murió hace dos años, a Pepe que -a pesar de él- lo quiero todavía y que ya duerme en otra u otras camas, a una amiga que prefiero no mencionar, y a mis alumnos. A ellos los extraño pero agradezco que ya pueda vivir sin ellos, son demasiado demandantes y no se diga, las autoridades de la SEP!!
No pude evitar sentirme un parásito social cuando empecé a recibir mi pensión pero ... me digo: sigo trabajando, no soy mala persona y trato de apoyar cuando me lo piden.
Vienen tiempos de más actividad. Gracias Dios!
jueves, 27 de agosto de 2015
miércoles, 26 de agosto de 2015
26 de agosto de 2015
Hola!! Por fin me di el tiempo para abrir esta ventana al mundo! Aquí nos podremos conocer de una manera distinta. Y vamos por por pasos!!
DEL RELATO: EVOCANDO AMORES
Hola!! Por fin me di el tiempo para abrir esta ventana al mundo! Aquí nos podremos conocer de una manera distinta. Y vamos por por pasos!!
DEL RELATO: EVOCANDO AMORES
Mi abuelo Lázaro tuvo únicamente un hijo: mi padre. Sin embargo, tuvo
once nietos aunque no conoció a todos. Era un hombre moreno, de grandes ojos
negros y mirada nostálgica. Lo recuerdo vestido con su pantalón de mezclilla
azul igual al que usaban los ferrocarrileros y camisa de manta blanca. Siempre
usó sombrero de alas grandes como los que usan los tarascos en Michoacán.
Nació en 1908 en un lugar
solitario inundado de silencio donde apenas el viento o el rumor de las abejas
rompen la quietud. Se le conoce como El Puerto de Medina en Michoacán. Su padre
fue Dionisio y murió muy joven. Mi bisabuela Rafaela, una mujer rústica y
necesariamente fuerte, tomó las riendas del rancho y de la educación de sus
hijos. Tal vez por eso mi abuelo era un hombre de pocas palabras, pero de sonrisa
franca y cordial. A sus nietos nos
consintió con su ternura, paciencia y pequeños obsequios como dulces, fruta o
monedas. Esa fue su forma de expresarnos amor.
Al casarse, construyó su
casa en un extremo de la parcela donde sembraba maíz, cebada, linaza, avena,
haba, frijol, chícharo y en ocasiones
papas. La casa era de adobe y teja de barro. Se componía de dos grandes cuartos,
cocina, pasillo o “corredor” y el patio. El piso era de tierra aplanada, y
desde la entrada principal al corredor atravesábamos por un camino de piedras
bordeado por flores como lirios y gladiolos. Este pasillo dividía al patio. De
un lado, se encontraba el gallinero y un espacio libre que usábamos para jugar.
Del otro, creció un cedro y un maguey. También estaba el lavadero. De lado
izquierdo del corredor, estaba la puerta de la cocina y del lado derecho, había
una enredadera de flores blancas llamada “Gloria”. Sobre el muro, a lo largo
del corredor, descansa-ban las macetas que mi abuela cuidaba con esmero para
mantener vivos los geranios, crisantemos y girasoles multicolores. En prima-vera
las golondrinas anidaban en las vigas del techo de la casa.
En tiempo de lluvia la
barda construida de piedra y pegada con lodo y paja, permitía el crecimiento de
diminutas plantas silvestres. Dentro de la barda, las paredes de la casa
estaban blanqueadas con cal y del piso hacia arriba, una franja roja más o menos
de un metro de alto le daban color y armonía.
En la parte de atrás se
encontraba la huerta con árboles de capulín, durazno, tejocote, nopales y
magueyes de los que mis abuelos sacaban aguamiel para preparar el pulque.
Viví en esa casa hasta los
cinco años. De ella recuerdo dos lugares en especial. La cocina, grande y
cálida con su fogón en una esquina, casi siempre con ceniza y rescoldos listos
para encender el fuego y una pequeña
mesa en el centro. Los trastes colgados de las paredes lejos del hollín. Por
las mañanas, era una visión fascinante los rayos de sol que atravesaban las
rendijas del techo formando hilos azules de humo en movimiento. Era la hora de
hacer tortillas, desayuno y alimentar el
fogón con leña, olotes o boñigas que ardían a plenitud. Al atardecer, era el
lugar de reunión de la familia y el momento de la cena, de la plática en calma.
Algunas noches me quedé dormida entre los brazos de mi abuelo arrullada por sus
voces y él me llevaba hasta la cama. Mi cuerpo de tres años era casi nada en
sus manos grandes.
El otro lugar era el
tapanco. Me encantaba subir por la rústica escalera de madera cuyos peldaños me
resultaban muy altos pero la aventura valía la pena. Arriba había lugares en
los que tenía que caminar con la cabeza abajo, y en otros me movía erguida sin
riesgo de golpearme pues el techo era de dos aguas. La mayor parte del tapanco
estaba ocupada con semillas. Arrinconados,
había insólitos objetos como restos de un viejo tocadiscos o un gato
montés cazado y disecado por mi abuelo en actitud de amenaza. Sus ojos
amarillos, dos canicas de vidrio parecían tener vida.
Mis abuelos hacían la mayor
parte de las labores juntos. Los días que mi abuela iba a lavar al pozo, él
llevaba la ropa y le ayudaba a sacar agua. Cuando había que trabajar en la tierra para la siembra o cosecha, ella le
llevaba el almuerzo a la milpa y comían juntos. Si mataban una res, cerdo o
borrego para su venta, mi abuela lavaba las vísceras y las patas del animal
mientras él preparaba los cortes y los empacaba.
El día del baño ella
preparaba todo, le lavaba la cabeza y lo rasuraba con mucho cuidado. Por su
parte, él la cuidaba con solicitud cuando se enfermaba, incluso la llevaba en
brazos si ella no podía caminar. También era amoroso y paciente con ella.
Visitaban con frecuencia a
amigos y parientes o simplemente iban a alguna casa donde vendían pulque y
podían quedarse ahí todo el día conversando o bebiendo. No sé la razón por la
que les gustaba llevarme con ellos.
Una vez fuimos a un poblado
muy distante a la boda de dos jóvenes mazahuas. Mis abuelos eran padrinos de
bautizo del novio y sus familiares los esperaban como a personajes muy importan-tes.
Al llegar a la fiesta, atravesamos un largo camino delimitado por carrizos y
cubierto por verdes ramas. Al vernos llegar, los anfitriones nos invitaron a
sentar sobre un petate dentro de la enramada.
Junto con otros invitados,
que también estaban sentados sobre el petate, nos sirvieron arroz con mole en
grandes porciones. A mis abuelos les sirvieron pulque y a mí refresco
embotellado; una rareza en aquellos tiempos y lugares. Los invitados
alegremente comían y conversaban en español y mazahua. Cuando nos retiramos,
según la costumbre, obsequiaron a mis abuelos con una gran olla de mole y un
guajolote entero.
En otra ocasión fuimos a una casa que estaba aún más lejos. Aunque
estuvieron mucho tiempo tomando pulque
con sus amigos y me dejaron afuera no me aburrí. Me quedé disfrutando
las canciones de una pareja de artistas. Él tocaba la guitarra y ambos
cantaban aunque a veces, ella cantaba
sola. Me tenían fascinada. Los dedos del
hombre acariciaban las cuerdas y producía
bella música que me mantuvo hipnotizada tanto tiempo como mis abuelos
estuvieron adentro.
Cuando mis padres ya habían
emigrado a la ciudad, mi hermano mayor y yo nos quedamos un tiempo con mis
abuelos. De esa época recuerdo aquella vez que le pegaron a mi hermano mayor
quien tendría apenas siete años. Los abuelos habían salido a comprar cosas para
la comida al pueblo donde se hacía tianguis un día a la semana. Ocupaban casi
un día para ir y volver, por eso, ellos lo
hacían una vez al mes. Mi hermano
y yo, esperábamos con ansias su regreso porque nos llevarían fruta, tal vez naranjas, plátanos y un puñado
de cacahuates. Mi hermano quiso recibir más fruta y decidió ganársela haciendo
leña con unas tiras de madera que el abuelo tenía recargadas en el tejado. Con
el hacha en sus pequeñas manos las hizo pedacitos. Yo le dije que no lo hiciera
porque mi abuelo se enojaría, pero me respondió que tenía envidia porque a él
le darían más cosas que a mí.
Cuando llegaron con las
compras le dieron su premio. Una gran paliza en la que no hubo espacio para
explicaciones. Y es que el abuelo había ahorrado para comprar esa madera y la
tenía destinada para arreglar el techo. Esa tarde llegaron con los efectos del pulque. Siendo él un
hombre de 1.90 con espalda muy amplia, mi hermano parecía indefenso muñeco. Fue
la única vez que lo vi golpear a alguien.
Cuando nos reunimos con mis
padres en la ciudad las cosas cambiaron. No volví a pasear con mis abuelos ni a
verlos alcoholizados. Él murió después de una larga enfermedad. Aún enfermo
apoyó, siempre que pudo, a su único hijo. En sus últimos años trabajó en el
negocio familiar que dirigía mi padre. Cuando regresaba de trabajar entregaba
el resultado de sus ventas y se sentaba a cenar con todos nosotros alrededor de
la mesa, siempre reservado y cordial con todos.
Cuando murió acompañé a mis
padres aquella noche en la que, presintiendo su muerte, mi papá decidió
llevárselo a la casa del rancho a que pasara sus últimas horas, pero murió en
el camino. Ese mismo día su único hijo cumplió 32 años.
Aquella mañana fui a una
tienda lejana y me perdí entre la milpa. Mi madre me mandó a buscar cirios para
encenderlos junto al féretro. También fue la primera vez que sentí el peso del
desvelo y la desesperanza de saber que nunca más volvería a verlo ni a abrazarlo.
Su partida y las lágrimas de mi padre me hicieron comprender el significado de
la muerte. Yo tenía diez años. Sin embargo, a lo largo de mi vida algunas veces
lo he sentido junto a mí y creo que, como siempre, me mira a los ojos y me
sonríe feliz.
No fue hombre de inquietudes
ni de búsquedas extensas. No aprendió a leer ni escribió líneas más largas que
su nombre. Sin embargo, tuvo una vida con suerte.
Amaba a mi abuela, tuvo un
hijo, hizo una casa, cultivó su parcela, tuvo dos o tres caballos, muchos amigos
y no se vio en la necesidad de enterrar a ninguno de sus amores. Su madre le
sobrevivió casi 10 años, su esposa 24 y
su hijo más de 40.
Así fue mi abuelo Lázaro y
la vida junto a él.
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